La mano invisible se llama Botín
El Vaivén de Rafael Cid
Alguien habrá pensado que hablamos del cántabro Emilio Botín, cuando en realidad sólo es un “heterónimo” interesado. Ponemos Botín porque es un mantra que resume a la perfección la calidad de la crisis actual: está provocada por la gran banca, saquea sin escrúpulos a sus presas y se “vende” como una nueva Covadonga que llama a reconquistar España sobre las ubres del capitalismo de Fórmula Uno más feroz que conocieron los tiempos. De ahí que la mano invisible se llame Botín.
Pero tamaña inquisición financiera necesita manufacturar propagandistas de postín que sepan llevar la buena nueva a los infelices que cargan con la crisis a cuestas. Intelectuales del régimen, periodistas de cabecera y tragasables del circo académico han acudido raudos a la llamada de la nueva devotio ibérica. Al paso alegre de los caudillos de turno, nos invitan a la lealtad duradera (el sociólogo Enrique Gil Calvo), al compromiso histórico sin un Aldo Moro que crucificar por medio (el comentarista Joaquín Estefanía), ignorando que de tanto ir el cántaro del consenso a la fuente del patriotismo constitucional ya se han secado los pozos artesianos de su credibilidad.
Para que el mercado vuelva a su “ser” ganancial se devalúa el precio del factor trabajo (la fuerza de trabajo presente y futura), sin tocar los precios de las otras mercancías que permiten la acumulación del capital, reforzando así el sistema de explotación y de dominación vigente. A eso es a lo que llaman “refundación” del capitalismo, y esa misma farfolla es la que ya no tiene quien la escriba en la conciencia de las gentes sencillas que pagan la crisis, como parados, como contribuyentes y como ciudadanos mutilados en sus derechos sociales y democráticos. ¡Caretas fuera, que termina el carnaval y un poco de vergüenza ajena!
Por lo menos tanta dignidad como demostró el paisano al que se refiere Hirschman, el economista malcitado por Gil Calvo para dar solera a su proclama lealista, al recordar su fuga de los nazis caminando a través de los Pirineos. “Lo hicimos en grupo –relata-, y al divisar un poblado, a un campesino le preguntamos: ¿estamos en Francia o en España? Nos aseguró que estábamos en España. Saqué una moneda de mi bolsillo, para ofrecérsela como propina. Se negó, afirmando: yo cuido mis vacas”. No así nuestros sabios mediáticos que terminan en el más absoluto panglossianismo, como aquel político de la transición que de tanto apego al poder nunca dudaba de la victoria de su partido porque, como solía decir, “no sé con quién pero ganamos”.
Los nuevos muñidores de “razones de Estado” nos convocan a que esto lo arreglemos entre todos, que nos demos la paz, sin exigir responsabilidades. Quieren que pasemos página sin haberla leído y sigamos enfrascados en el gran libro del “cuéntame cómo pasó”. Igual que con la Ley de la Memoria Histórica. Como con la famosa y celebrada Transición de nunca acabar. Aunque sepan hasta las cachas que la crisis vino de arriba-abajo, por la burbuja del crédito fácil que el sistema dotó para espabilar el consumo de una sobreproducción que no encontraba salida por la penuria de las rentas salariales realmente existentes. Por eso también, aquí y ahora, nuestros mandarines alientan otra ley de punto final (financiera).
Botín, que gran nombre para saqueo.
Rafael Cid en www.radioklara.org