Rafael Cid y Aniceto Arias cierran el año 2009 con este Vaivén

10 de enero de 2010
| Producción: Radio Klara
| Duración: 00:30:00

A Belén bribones

El Vaivén de Rafael Cid

El capitalismo de libro es como esos códigos éticos que tanto proliferan cuando más flagrantes golferías hacen los de arriba (sobre los de abajo). Tiene una música pegadiza, pero la letra es pura farfolla. Habla de la competencia perfecta entre oferta y demanda mediante la acción simultánea de muchos mercados distintos y distantes. Pero a la hora de la verdad lo que se impone cada día más es la concentración de negocios oligopolistas con poca disimulada vocación de monopolio. Proclama el mercado libre, no obstante en cuanto puede utiliza al papá Estado (su chico de los recados a través de los gobiernos de turno, no importa de qué signo) para que le saque las castañas del fuego vía subvenciones y cualquier otra forma creativa de proteccionismo. Y habla incluso de la función social de sus prácticas emprendedoras, sin embargo la realidad es que rutinariamente drena los recursos sociales para conseguir ventajas privadas (la vieja historia de vicios públicos virtudes privadas).

O sea, “el capitalismo al dente” realmente existente (el de libro, como decía Gandhi de la civilización occidental, sería una buena idea) consiste en un tinglado provechoso para unos pocos y desastroso para la mayoría. Pero que funciona sin demasiados percances porque su frente cultural confisca diariamente voluntades, fomenta estulticias, doblega resistencias, corroe conciencias y nos hace cada día más ignorantes y autistas. Y así se consigue el más difícil todavía que atenta contra las leyes del sentido común y la decencia al comulgar con una monstruosa pirámide social en la que el 20 por ciento de la población usufructúa el 80 por ciento de la riqueza. Y como ese fondo de armario permite a su okupante multitud de disfraces, no importa que los menos parasiten a los más porque al final lo que cuenta es lo que parece ser y no lo que es. La construcción social de la realidad que fagocita la industria del placebo al servicio de la causa cleptómana no tiene enmienda.

Por eso, la profunda deslegitimación que la última crisis y las medidas a lo “Robín Hood al revés” adoptadas desde el Poder amigo para su beneficio no han hecho apenas mella en la conciencia social. Ya se encargarán ellos, en su momento, de “contarles cómo paso” para que no quede la más mínima duda de que el saqueo de los recursos sociales fue por nuestro propio bien. El paro galopante también resultará ser un bendito maná. Permitirá reactivar el mercado y que de nuevo vuelva el consumo depredador a dónde solía, no vaya a ser que a alguien en los márgenes del sistema (en el epicentro sólo existe la obediencia debida de partidos-sindicatos y medios de comunicación) se le ocurra razonar que lo lógico frente al desempleo sería acortar la jornada de trabajo para agrandar el censo laboral. Los líderes (así se autodominan en el preámbulo de Tratado de Lisboa) ya anunciaron el camino a seguir al declarar desierto una cumbre sobre el empleo “por falta de ideas”. Esa sequía mental es el denominador común universal que ameniza los más temerarios experimentos de los apóstoles del libre mercado, haciendo compatible el retornó al mundo hobbesiano (vida corta, solitaria, brutal y desagradable) en un mundo de abundancia, trampas y violencia. Cuando el FMI reconoce que la banca tiene todavía en sus balances un cincuenta por cien de pérdidas ocultas y activos-trampa, y no pasa nada, es que ciertamente la esperanza es lo último que se pierde.

Puestos a desbarrar, como dirían los belenestébanes del régimen, pongamos algunos ejemplos sacados del capitalismo patrio, que tiene la singularidad de ser protocapitalista en sus rendimientos y confesional en la pía ejemplaridad de sus contrayentes. En el área de los empresarios tenemos un presidente de la patronal nominado como “malhechor económico del año”, activo destructor de empleo, promotor de deudas en las cajas de ahorro y afanador de licencias para sus negocios aeronáuticos que ya el día de su toma de posesión como sheriff de la CEOE proclamó que “la mejor empresa pública es la que no existe”. Unos altos funcionarios que salen del servicio público para fichar por su anterior contrincante privado (caso David Táguas, presidente de la Oficina Económica de Moncloa convertido en líder de la patronal de obras públicas, y de Miguel Martín, que de ocupar el cargo de subgobernador del Banco de España salta a la dirección de la AEB, la patronal bancaria). Unos jueces y auditores que cobran del presupuesto de los poderosos a los que luego evitan en sus pleitos (caso Baltasar Garzón y su esponsorizador, el banquero de banqueros Emilio Botín, y de los inspectores del Banco de España que de investigar al Banco de Santander y otros pasan a encaramarse de hoz y coz en su alta dirección). Unos sindicalistas que utilizan su ascendente en el mundo laboral para promocionarse en el sector de la política-business (caso José María Fidalgo, Antonio Gutiérrez y María Jesús Paredes, trinidad tránsfuga que desde la cúpula de CCOO ha brincado, respectivamente, al Instituto de Empresa Familiar, la presidencia socialista de la Comisión de Economía del Congreso y la emisora ultra Intereconomía). Y, como colofón petardo, esos ilustres estadistas, Felipe González y José María Aznar, al servicio de dos de los hombres más ricos del mundo, Carlos Slim y Rupert Murdoch.

Eximios representantes de los poderes y contrapoderes del Estado confabulados por la pasta contra la sociedad que dicen representar. Una nómina de continuos agravios a la comunidad que trasciende las ideologías. Son todos los que están pero no están todos los que son. A diestra y siniestra, impera la política del cazo y del cacique. Predican el capitalismo de libro, pero roban con descaro y si llega el caso incluso se acogen al sagrado de las instituciones a las que deshonran. “A Belén bribones…”. La única diferencia estriba en la administración de los tiempos y en la dolosa carga de la prueba. Lo denunció con extraordinaria agudeza el hispanista Gerald Brenan en su clásica obra EL Laberinto Español.

Ahí va la cita, merece la pena: “Ningún gobierno liberal desde 1814 ha ascendido al poder si no es por la violencia. Cánovas fue demasiado inteligente para no ver la inconveniencia y el peligro que esto representaba. Dispuso por tanto que los gobiernos conservadores debían ser sucedidos regularmente por gobiernos liberales. El plan que siguió fue el siguiente: cuando se presentara una crisis económica o una huelga seria, dimitir y dejar que los liberales resolvieran el problema. Esto explica por qué la mayor parte de la legislación represiva aprobada durante el resto del siglo fue aprobada por ellos”.

¿Historia o política? La primera tentación sería considerar superado el análisis de Brenan, pero una prospección más concienzuda sobre los últimos años de democracia posfranquista nos permite ver que lejos de ser un anacronismo se trata sólo de un modelo mutado. La política realmente existente en España sigue en lo esencial esa fórmula de alternancia vigilada. La derecha ocupa el poder en momentos de relativa bonanza, lo que le permite crecer electoral y empotrarse culturalmente “en tierra de infieles”. La izquierda, por su parte, actúa en momentos de depresión y se ve obligada a realizar una política conservadora e incluso reaccionaria por “razones de Estado”, y siempre al filo de la navaja porque sabe que la mitad del cuerpo electoral es feudo de la derecha recalcitrante. Es el caso de lo ocurrido durante la etapa felipista, que alcanzó cotas históricas de inflación y paro (dos imputs que castigan sobre todo a los asalariados), ejecutando las reconversiones industriales y laborales más agresivas, y ahora se repite con la crisis y su gestión por el zapaterismo (por cierto, ambos alcanzaron el poder en situaciones de emergencia nacional: tras el 23-F y el 11-M). De ahí la enorme responsabilidad de la quiebra ética que supuso la transición, al asumir la izquierda antifranquista compartir el terreno de la acción democrática con los servidores de la dictadura.

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